martes, 14 de agosto de 2012

Lo que nunca debió unirse


El sexo existe. No hay nada que hacer al respecto. El sexo no construye caminos,
no escribe novelas, y ciertamente no le da sentido a nada en la vida salvo a sí mismo.
Gore Vidal

El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas [...] Sin embargo las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado de sus cantos, aunque nunca de su silencio.
Franz Kafka [Das Schweigen der Sirenen]

The Dark Knight Rises - Review Movies

Basta con cerrar los ojos un instante, querido lector. La endeble muralla cognitiva que protege y permite el correcto funcionamiento de los sentidos caerá; y llegará, entonces, el momento de entregar cuerpo, alma y corazón - los que aún tienen la dicha de conservarlos - a ese abismo de negrura inconmensurable que son los recuerdos. Sin piedad, el tiempo se extenderá en todo plano posible, adoptando insospechadas formas, y levantará aquello que habíamos creído derrumbado para siempre. Inmersos en una detestable carrera en pos de conservar la cordura, no bastará con abrir los ojos; tristes resabios de humanidad quedaran a merced de las sombras de lo ominoso. Para escapar, habrá que ascender y trascender, habrá que trepar los muros del miedo, como un héroe que busca la luz de su propia justicia.

Basta con cerrar los ojos, para ser testigos de aquello que vivimos alguna vez: las primeras luces del despigmentado sol colándose entre los raquíticos árboles de aquella pequeña y helada isla de paredes blancas; el aberrante silencio, interrumpido únicamente por lánguidas voces y sublimes estallidos; un desquiciado payaso de traje púrpura declamando el caos definitivo; una sonrisa deslumbrante, inolvidable, proveniente de algún rincón del cielo, enviada a la Tierra no por Dios sino por el mismísimo Diablo; el calor inexpugnable en el regazo del ángel más hermoso de todos, y el color de una mañana de enero que fue, pero que al mismo tiempo nunca debió ser; caricias al alma y al corazón convertidas en puñales capaces de penetrar cualquier armadura. Desafortunadamente, no todos podemos ser un héroe...

Enfrascados en una vida que vale menos que la vecindad del Chavo, a la espera de las bondades que la bellísima y sensual muerte nos brindará, uno se pregunta: qué carajo ve Christopher Nolan cuando cierra los ojos? Intentaré esbozar alguna teoría al respecto aquí.

Películas mediocres y antojadizas; actores sobrevalorados, desamorados de sus personajes; público apático, sin un genuino sentido crítico. Inquebrantables reglas de un arte que abandonó su estadio de origen, para convertirse paulatinamente en un negocio frívolo y degenerado. Pálidas concepciones; absurdas iteraciones; el dinero por encima del sentimiento: amor u odio, no importa cuál; exceso de oferta en un mundo envuelto ya, en suficientes excesos. El cine, cercado por los beneficios, por las nuevas tecnologías, por la crisis de identidad de los pueblos y, sobre todo, por su propia demagogia. La resistencia es débil y, por momentos, ponzoñosa. De aquel abismo falto de luz, sin vacilaciones, un héroe emerge, asciende. Pero no se trata del héroe compasivo y servicial del imaginario infantil: es uno rebosante de malignidad y de astucia, uno que propone juegos perversos para desatar el caos que salve del caos a la industria. El ídolo hace estallar los pilares de resignación; extirpa las entrañas putrefactas. La resistencia se apoya en el esplendor de los caídos, y ofrece al espectador el cine de antaño, el que el vil metal se propuso enterrar. El arte vuelve a ser. Nolan cierra los ojos, y recuerda su propia epopeya.

Con una mano donde solía estar mi corazón (que descansa eternamente bajo las arenas desoladas de alguna costa mugrienta) no tenía la más puta idea cómo empezar esta reseña. La inspiración se hizo la distraída y fue prácticamente imposible concatenar frases decentes. Pero como sucede habitualmente en esta hermandad surcada por el odio al odio, la vaga incertidumbre da lugar a una locura deforme e incontrolable; que se materializa únicamente bajo el ala del dislate discursivo. Sentimientos casi humanos de grandilocuente expectación e inmensa tristeza colisionaron, finalmente, durante la noche del jueves 26 de julio. Así que no pidan imparcialidad; no esperen opiniones o argumentos sesudos, plausibles de un profundo e interesante debate; no proyecten conceptos políticamente correctos. Las palabras siempre son un impedimento para el verdadero sentir de los que mantenemos los ojos bien abiertos, temerosos de las entidades que nos acechan al borde de la existencia. Más que una crítica, esta reseña es un homenaje, necesariamente sentido y visceral, a este héroe llamado Christopher Nolan, y a su creación "inmortal e inmoral" (RF and ME dixit).

Fanáticos, detractores y cinéfilos en general especularon, en la misma insólita proporción, acerca del final (EPICO) de la trilogía del venoso encapotado. "Que aparece tal o cual". "Que muere este o aquel". "Que pasa esto o lo otro"... y un larguísimo etcétera, camino sin retorno hacia la mismísima nada. Por supuesto, determinados aspectos caían por su propio peso y, hasta para el más obtuso (pelotudo) de los mortales, eran una certeza. Aún así, la productora de la W y la B, temerosa de las bocazas que nunca faltan abrirse, hizo firmar un puto papel a los actores, quienes se comprometían a guardar un sacramental silencio sobre el desenlace (EPICO) de esta obra maestra. Obviamente, se les hizo bastante complicado escapar al (a veces) malintencionado interrogatorio de los medios llenos de miedo. En este orden, y gracias a un estudio realizado por distintas entidades de bien público - entre ellas, la Universidad de San Martín de Mierda (UNSAMdM) -, se estima que aproximadamente cincuenta y tres millones de personas hablaron al pedo durante estos cuatro años, dejando en claro que, aunque lejos de ser un acontecimiento fundamento para el devenir de la historia, la conclusión (EPICA) de Batman suscitaba la atención de la industria, como pocas veces. Desafortunadamente, el final (EPICO) del misterio dio paso a un horror indecible.

No es necesario apelar, en concreto, a los hechos de la madrugada del 20 de julio en un cine de Aurora, Colorado. El arrebato demencial del tipo con la máscara de gas, armado hasta las bolas, es ya conocido por todos. Si quieren detalles, búsquenlos en otro sitio (preferentemente en INFOBAE, una auténtica basofia), no en este blog :). Pero la desidia aquí planteada, no debe expiar los pecados de los responsables de esta tragedia de envergadura, que hirió a una sociedad indiferente y retrógrada en su punto más vulnerable. Mientras el autor material se enfrenta a un centenar de años de reclusión, los verdaderos cerebros detrás de los doce asesinatos y del pánico generalizado alrededor de TDKR (de Warner Bros. y DC Comics) están libres por ahí, detrás de un escritorio, planificando su próximo movimiento: estoy hablando, por supuesto, de los ejecutivos de altísimos sueldos de Disney (propietaria de Marvel). Lamentablemente, las pruebas recogidas por la policía - que apuntaban a un pago de la productora para niños al infeliz James Holmes (el loco de la mascara de gas) - fueron compradas por unos tipos vestidos de Mickey, el pato Donald, Goofy, el sapo Pepe, Shrek, Dr. Coloso, entre otra sarta de disfraces muy sugestivos y sugerentes (desubicados hay en todos lados). La corrupción vela por estos 'tributos', los arropa y alimenta durante los 'juegos del hambre', convirtiendo verdades imponentes en conjeturas bastante pueriles. El tiroteo, lejos de provocar una merma en la expectativa, fue comidilla de los morbosos de siempre, sin importar su ubicación geográfica, ávidos por "saborear" la furia genital de esta inolvidable cinta, cierre (EPICO) de la trilogía de Batman.

El embate de los recuerdos de aquella mañana de enero se detiene durante las casi tres horas que dura The Dark Knight Rises, pues resulta imposible cerrar los ojos, pestañear. El desafío constante de Nolan para con el espectador impide abandonar detalles, que harán, eventualmente, encajar la historia con perfección absoluta. A pesar de una excesiva introducción de personajes secundarios, el comienzo es vertiginoso, abismal; aquí es donde el villano empieza a atormentar al público, volteando un avión como si fuese un juguetito. La cavernosa voz de Bane y sus músculos inhumanos anticipan la tragedia, el final de una leyenda que dista de ser bella. Luego, todo se desarrolla con suavidad. La falsa y patética paz de Gotham City (NYC, por caso), propiciada por la Ley Dent, no necesita del encapotado, quien todavía carga con el asesinato del fiscal de las dos caras; ocho años han pasado desde el desmadre del Joker, por suerte ignorado durante toda la película (preferible el negacionismo al boludeo). La sospechosa aparición de Selina Kyle/Catwoman y el ataque a Jim Gordon (víctima de los mercenarios del rocoso) ponen a trabajar nuevamente a nuestro protagonista, que apenas se deja ver, con su pata coja y su barba marxista. TDKR toma vuelo a partir de allí, con la toma de rehenes de Wall Street y la persecución subsiguiente (que acaba con la emocionante aparición, por vez primera en el film, de Batman a bordo del inefable Batpod - la motito); y con el impactante y hasta intolerable derrumbe del estadio y los puentes que conectan a la ciudad con el exterior. Imágenes que quedarán en la retina de los amantes del verdadero cine: el cine de destrucción, moral y física. Lejos de ser una mole sin cerebro, Bane se despacha con discursos memorables, más cerca de un pensador, crítico de la modernidad, que de un tipo que busca la anarquía de la ciudad que se salvó ya dos veces de los hermanos Nolan. El guión tiene algunas imperfecciones mínimas, claro, como insuficiente ante tanto drama y acción, combinados en un cóctel de excepción. Las actuaciones hacen ebullición cuando el villano empieza a volar todo por el aire; un rasgo común de éstas, será la efusividad de sus expresiones, que toman un papel preponderante - a veces, por encima de las palabras -. Y el clímax de la batalla en las profundidades de GC, entre 'el bien y el mal', sin música, en crudo, resaltará la desesperación por vivir. Y más de uno querrá abandonar la sala...

El legado del hombre murciélago no se remonta a la confusión situacional, sino a su ascenso final: no habrá cárcel que pueda retener al héroe que decida trascender para olvidar el pasado. Entonces, el espectador se rinde ante el desquiciante griterío de los prisioneros y también brama, desde el fondo de su existencia. Sentado en su butaca, acaba echándole una mano a su ídolo; lo empuja, mientras entremezcla la realidad con la ficción, implícito objetivo del director inglés. Son la clase de cosas que los cinéfilos pelotudos, cuya sesgada y perfeccionista visión impide apreciar lo que sucede a su alrededor, nunca sentirán. El bestial enfrentamiento en las blancas calles de Nueva York... Gotham City, bajo el precioso manto del cielo grisáceo, entre policías y mercenarios, parece indicarnos el final de la gesta. Miramos el maldito reloj de verdes manecillas y sabemos que todo acabará pronto. Pero nunca imaginamos cómo. El desenlace es conmovedor; un poco previsible tal vez, pero acorde con una trilogía que hizo historia grande.

Las interpretaciones, muchas de ellas con antecedentes - buenos, regulares y malos - descansaban también en el limbo del misterio. Los focos apuntaban, sobre todo, hacia los villanos, con el maravilloso recuerdo de Heath Ledger y su perfecto Joker siempre presente. Una prueba de fuego que Nolan hizo sencilla, utilizando tres artilugios formidables. A saber: multiplicó los personajes secundarios y desarrolló sus historias de forma muy consistente; desenfocó a Batman y exaltó al hombre detrás de la máscara (aún más que en las entregas anteriores!); y dotó a Bane de una maldad aberrante, de una brutalidad inusitada, convirtiéndolo en otro héroe, en el gran rival del murciélago, y auténtico exponente del colapso de masas. La suprema humanidad del protagonista va de la mano con una actuación soberbia de Christian Bale, que brama, que sufre, que se sobrepone y asciende como si nunca hubiese existido otro Batman, pues este papel le pertenecerá de por vida. Pero su némesis en TDKR no es muy distinto. Una mirada fiera, una corpulencia desalmada y una voz que parece como salida de algún rincón ominoso de la sala, hacen de Bane un tipo glorioso que pone en seria duda los valores de la sociedad moderna y la atormenta hasta el quiebre. Tom Hardy, desconocido para muchos, enloquece con su postura, casi sin que se note que se trata de un viejo adicto al crack. Dentro de esa estructura, es Michael Cane, el mejor. Paternal y exquisito, maravilla cada intervención del mayordomo de eternas canas. La previsible solidez de Morgan Freeman (Fox) y Gary Oldman (Gordon) palidece ante la violenta hermosura de Anne Hathaway y la sensualidad de su personaje. Nadie daba ni un penique por la actriz que supo ser una princesita de Disney. Delicada, perturbada, con un corazón que bailotea entre la frivolidad de los malos y la ternura de los buenos, Selina Kyle es el perfecto complemente tanto para Batman como para Bane. Y la majestuosidad de Nolan empapa a los menos como Joseph Gordon-Levitt y Marion Cotillard, quienes sorprenden con sus actuaciones pero no con sus identidades.

La inviolable y dramática humanidad de los personajes va a caballo de impactantes escenas de acción, típicas del londinense. En todo hay espectacularidad si; pero jamás se resigna el toque artístico, que sorprende en Hollywood, donde la tecnología ha ganado la madre de las batallas. Cada detalle esta asquerosamente cuidado; con una banda sonora y una fotografía difíciles de superar (Hans Zimmer y Wally Pfister deberían retirarse, por el bien de la industria). Ya desde un punto vista muy personal (y personalista), sigo prefiriendo la efusividad eréctil y artera emotividad de The Dark Knight. Sabido es: aquel monumento que conjuga, como ningun otro, tristeza veraniega y angelical felicidad, continúa siendo mi película favorita, aunque hayan pasado más de siete meses desde la última vez que la vi. En esta secuela también hay vértigo y un profundo arraigo con la realidad que se vive. No quiere decir que dicho tópico no sea abordado en otros ámbitos ajenos al Séptimo Arte, pero es difícil que se presente con semejante verosimilitud en el fantástico género de superhéroes, acostumbrado a tener historias trilladísimas que emboban a los bobos. Me hago responsable de las opiniones aquí vertidas. 

Veamos:
Lo mejor: la música. La estridencia maravillosa del clamor de los condenados; la inefable marcha de los enemigos de la bondad humana; la contundencia de todos y cada uno de los instrumentos... Como si no hubiese tenido suficiente con el tendal de locura de TDK, Hans Zimmer convierte al fanático en una colegiala pervertida y sádica, mete la mano bajo la pollera, y le brinda un banquete multi-orgásmico que escapa a todo análisis. La magnificencia obra el milagro y se supera a sí misma. Quienes lo acusen de 'repetitivo' deben programar, con suma urgencia, una consulta al otorrino para extirparse el falo atravesado en el canal auditivo.
Lo peor: el único punto flaco es la absurda idea de cambiarle el nombre a New York y ponerle Gotham. Todavía más: fastidia el innecesario patriotismo y la pelotudísima simbología norteamericana. Vaya uno a saber qué estaba pensando Nolan.
Lo curioso: aunque muy lejos del histrionismo casi demencial del señor Marcos Esparcence - quien redujo las críticas a una sola palabra y tuvo la humildad de compartirla a sala llena; para él, mis felicitaciones -, la mitad de los espectadores mantuvo las nalgas atornilladas a la butaca; supongo a la espera de alguna escena extra, otro guiño. Muchachos, no fue suficiente el demoledor final? Quien escribe se borró una vez aparecieron los créditos, como huyendo de las sombras que bailotean sobre las tumbas del espantoso Village de Recoleta.

Christopher Nolan quizá no sea el arquetipo de héroe; de hecho, nadie le pidió que lo fuese. Sin embargo, su extraordinaria gesta - plasmada en celuloide por toda la eternidad - ha detenido el escandaloso avance del cine basura, presto a abrazar la perpetuidad. No salvó al Séptimo Arte desde la anti-estética bondad de los buenos valores; lo hizo desde la crudeza de un relato hiperrealista y, porqué no, sensacionalista. Para él, todo es horripilante, pero no insalvable. Humaniza, demoniza e idealiza, al unísono. Su visión del mundo moderno lejos está de la visión de un prodigio; pero basta y sobra para asestar un golpe determinante a los zánganos que hicieron, durante años, películas para entretener al público, y para estupidizarlo, claro. 'Nolan' es una marca que ha sabido vender bien sus productos (siempre con un empujoncito de Warner); sus obras son (y serán) veneradas rabiosamente por sus seguidores (me incluyo), no importa que se trate de una historia sobre superhéroes o sobre dislates oníricos. Ha dejado su huella (compró una Villavicencio de tapita verde, obvio), a la cual no puedo puntuar: no hay escala para hacerlo.

Este arte tan particular, después de todo, no es tan complicado. El espectador se sienta y, por algunas horas, se transporta a un mundo de magia que lo aliena por completo, rebajándolo exactamente al mismo nivel que la persona que tiene a su lado, sin importar si tiene alas o no. Al cerrar los ojos, tenemos la obligación de recordar. El ejercicio de la memoria no nos hace mejores o peores personas, como dicen los pseudo progresistas; apenas nos iguala. Dudo mucho que algunos podamos trascender, ascender, olvidar el pasado; pues a partir de allí se construye el futuro. Y cuando uno no desea que ese futuro llegue, solo le queda recordar por el mero hecho de hacerlo. Cada escena de The Dark Knight Rises formará parte de ese inmenso abismo que padecemos cada vez que cerramos los ojos, y se fundirán con las hermosas imágenes de una mañana de enero bajo los primeros rayos del despigmentado y ancho sol, cuando el caos vomitado por la pantalla de cristal pudo descansar sobre el cálido regazo del ángel. Al cerrar los ojos, Nolan recuerda su dantesca epopeya: la de unir aquello que nunca debió unirse.

DESHI DESHI BASARA BASARA!! DESHI DESHI BASARA BASARA!!

Written and Posted by Cesar de la Luz
Dedicated to Marcos Esparcence, Roberto Fantini and Charlotte Chantal

viernes, 20 de julio de 2012

La princesa del cuento de terror

Oki, por su parte, no había hablado. No sabía qué decir. La había abrazado con ternura,
había acariciado su pelo, pero no había logrado pronunciar palabra […] Ella había clavado
en su rostro los ojos húmedos y brillantes, pero no llorosos.
Él evitaba aquellos ojos. Hasta cuando la besaba, antes de que todo sucediera, Otoko había mantenido los ojos muy abiertos, hasta que él se los cerró con sus besos.
Yasunari Kawabata [Utsukushisa to kanashimi to]

El cuento de terror de la princesa – Offtopic

En la tierra de la mentira execrable – donde el ancho, copioso y despigmentado sol jamás podrá brillar, donde los corazones se rompen, inexorablemente – la maquina reproductora de Dios escupió otro abominable engendro, protagonista, por caso, de nuestra historia. Aquel horripilante verano, hace diecinueve años, nacía la princesa de este cuento de terror. Cuando arribó a este imperio de ilusiones no tenía la radiante y esplendorosa cabellera dorada que hoy la caracteriza y le da entidad e identidad; sin embargo, a ninguno de los príncipes de feudos aledaños pareció importarle este minúsculo detalle. Contagiados por la estupidez ajena, observaban con desdén las facciones arrogantes de la pequeña. Cuán felices y orgullosos estaban sus padres, los reyes de la frivolidad, al ver a su hija corretear por esos campos pestilentes, cercados por imponentes muros que oprimían la razón y el entendimiento. Por supuesto, ambos desconocían el innatural destino que le tocaría; ambos ignoraban el caos que desataría por el mero hecho de ser una princesa, hermosísima y sin escrúpulos, decidida a quedarse con todo. El pasado, el presente y el futuro se fundirían en una metástasis entélica, desperdigando la soledad de los herederos de miseria que no pudieron ni siquiera oír esa adorable voz. Hoy, con diecinueve veranos en su haber, la princesa del nuestro cuento de terror puede regodearse en la desgracia de los que la desean irreverentemente, no solo por su rostro aniñado que derriba la muralla de los sueños, sino también por su descomunal silueta, emparentada más con lo celestial que con lo terrenal; una inconcebible figura que muestra con desparpajo, provocando a los débiles de alma y corazón, sea con aquel pecaminoso uniforme a cuadros o con ese atuendo negruzco que no podrán olvidar en el templo en llamas, aun cuando los tiempos acaben.

Este ángel de la muerte no conoce de sentimientos, pues fue criada para no tenerlos. Educada, moldeada a gusto por su intratable madre - mujer sin valores genuinos, esos que reconocen en el prójimo a un igual -, la princesa creció sabiendo que una orden suya sería obedecida sin más, marchitando lo que alguna vez gozó de cierta vida, y hoy no es más que un esqueleto viscoso y deforme. Así de vacío y trastornado es este mundo, lleno de hombres estúpidos, dispuestos a lo que sea por un pedazo de carne. Para ella, el mercado determina el valor de las cosas; si algo o alguien no esta monetarizado, no tiene importancia alguna y debe ser enterrado en las arenas desoladas. Por tal motivo, la princesa se inclina ante falsos ídolos de tierras indómitas que ensalzan esta cultura a la incultura; seres desagradables que hacen de la opulencia una enseñanza impía, despreciando a los que no viven de la misma forma. El indigno materialismo es, desde aquellas correrías por los grises prados amurallados, su religión. Y siempre lo será. Una mente espermatizada solo da lugar al dinero; un corazón mercantilizado solo da lugar a la lujuria ininteligible.

Utilizando su temible encanto, heredado vaya uno a saber de quién - no ha sido de su repulsiva madre, sin dudarlo -, consigue todo lo que se propone. Y es su valiente padre, la víctima fundamento de esa trepidante codicia sin control. Se da por descontado: no le importa lo que piensen. Es una princesa. Bajo sus alas decadentes, descansan dos canes, bestias de aquella bestia que repele naturalmente a quienes la aman genuina y sinceramente. En fin, creyendo en el amor, nunca se ha permitido enamorarse, quizá por miedo a descubrir su verdadera naturaleza, carente de bondad, repleta de miseria; o quizá porque no ha nacido un príncipe que pueda satisfacer su cuerpo y su alma, al unísono. Su fama, en la tierra de la estupidez desquiciante, es innegable, y cada noche suscita la atención de los vagabundos que vieron derrumbarse sus sueños sin remedio. Aun distraídos, Dios y el Diablo nos recuerdan que la inocencia artificial siempre empapa con la savia del pecado a la verdadera inocencia. Cuán orgullosos deben estar sus padres, hoy, al ver como su hermosa hija domina feudos ajenos con inhóspita facilidad, capturando la imaginación de sujetos de dudosa valía, invadiendo sus mañanas, sus tardes y sus noches. Los pobres diablos que bailotearon en las cuerdas sobre esponjosas nubes, deben recordar esa cabellera sombría con tristeza, pues ya no existe más.

Quienes superaron sus miedos y atravesaron, de alguna forma, los ciclópeos muros de aquel reino húmedo y sinuoso, deben conocer mejor este cuento de terror. Pero quienes se vean llamados a hacerlo, jamás deben intentarlo; pues en juego estará su alma, que acabará por diluirse en un mar blancuzco sin sentido. Serán embrujados por esos pequeños ojos bordeados siempre de negro; por esa sonrisa malévola que derrumba el saber; por ese irresistible cuerpo de violenta belleza cuya visión borra todo vestigio del pasado; por ese impensado valor de no darle valor a las cosas que merecen tenerlo; y perderán su humanidad. Cuán orgullosos deben estar los padres de la princesa! Los padres de Charlotte Chantal, obvio.

Pensaron, acaso, en alguien más?

CUUUUUUUUUUUBAAAA! QUIERO BAILAR LA SAAALSAAA!


Written and Posted by Cesar de la Luz
Dedicated to the loving memory of Agus Impagliazzo

sábado, 30 de junio de 2012

La más larga


Sería inútil tratar de describirte aquellos cuadros, pues el más horroroso y diabólico horror,
la más increíble repulsión y hediondez moral se desprendían de simples pinceladas imposibles de traducir en palabras.
H.P. Lovecraft [Pickman’s Model]

Un fracaso en amor es, para el hombre, como una misión cumplida.
Los corazones están hechos para ser rotos.
[Oscar Wilde]

Sobre banderas, pelotas y camiones – Offtopic

Todos somos prescindibles. Ser amado, hoy, no implica ser amado mañana. Llegará el día en que debamos despedirnos bajo el despigmentado sol de verano, envueltos en la más hermosa y angelical agonía, sabiéndonos derrotados por las impías bestias de pequeños ojos incoloros. Llegará el día en que el aberrante silencio nuble los sentidos y nos deje sin alma ni corazón en un ominoso rincón gris. No existe eternidad en el pensamiento, y mucho menos en los sentimientos que sostienen esos pensamientos; es parte de la (mal llamada) naturaleza humana. No debe sorprendernos, tampoco espantarnos. Invariablemente seremos reemplazados, y cuando el caos reptante de la preciosidad se desate, nuestro destino será materializarnos en una pecaminosa hoja sin relevancia del libro de esa historia compartida. Como entidades libertinas que somos, entregadas a la más perecedera y frívola de las realidades, nuestra apreciación de las personas varía de acuerdo a su grado de utilidad. Por supuesto - vale la pena aclararlo - la análoga comparte los mismos fundamentos. Es así que, los odiados de hoy, tranquilamente pueden ser nuestros compañeros de mañana. Ambos casos se sostienen en la intensa y violenta estupidez que el hombre ha perfeccionado con el correr de las generaciones; una estupidez que no permite matices, grises. De alguna manera, solo el amor sincero puede abrirnos las compuertas al odio último; y solo el odio superador puede enseñarnos el camino errante hacia el auténtico amor (que no por ello deja de ser una desgracia).

Semejante rompecabezas sentimental carente de lógica, se ve reflejado, justamente, en uno de los ámbitos donde la lógica no se utiliza ni siquiera para ningunearla, donde ni Dios ni el Diablo imponen límites claros al accionar de los mortales, permitiéndoles regodearse en las tumbas de los héroes de antaño: la política; ese monstruo ciclópeo que subyuga a las sociedades con aterradora facilidad. El tristísimo conflicto del Día de la Bandera, feriado signado por el recuerdo de aquellas chatitas negras que solo en sueños ajenos aparecerán, ha sido el puntapié inicial de un partido que promete juego sucio y pocos goles, entre dos equipos que hasta no hace mucho tiempo posaban sonrientes para los fotógrafos. El resultado de este innecesario enfrentamiento de índole más bien sexual, salvo un milagro teutón, amenaza con sumergir a toda la población en un pantano brumoso y repulsivo, como si la perpetuidad se hubiese apoderado del otoño. Pero podemos alegrarnos estimador cadáver; pues este país decadente nos otorga al menos una certeza: todos perderemos. Ambas escuadras, identificadas con el viejo General de la voz graciosa, buscan incansablemente la venia del pueblo, y se enfrentan para ver... quien la tiene más larga.

La batalla de ribetes genitales que protagonizan, de un lado, la neurótica emperatriz Kristina y sus esbirros sin vida propia; y del otro, los despiadados guerreros multimediáticos, encabezados - esta vez - por el líder del Sindicato de Camioneros y Secretario General de la CGT, Hugo Antonio Moyano, otrora hermano del alma, solo puede concebirse en este imperio de ilusiones fabricado por un gobierno (unicato de facto) virtuosísimo (enfermo de poder), que no necesita ni leyes ni instituciones serias para otorgar el bienestar económico y social buscado por los argentinos durante los doscientos años de historia, pues cuenta con una herramienta infalible que impide el colapso de las masas: la mentira. El desparpajo anhelante y horroroso egoísmo de estos jugadores han puesto a prueba, durante la última semana, a las filosas lenguas de cientos de miles de infelices (como quien escribe) que no pueden sino sentir el inmenso e incontrolable orgullo de comprender esa absurda burla hacia los pensamientos y sentimientos del pasado.

Muchos no tuvieron que esperar diez años para arrepentirse de haber colocado la boleta azul en las elecciones de octubre último. No será una porción escandalosa de la población, pero alcanza para demostrar el parco compromiso ciudadano para con la detestable política y su maniqueísmo perverso. El amargo conformismo los llevó a votar, entonces, por el inexistente proyecto de Kristina, en busca de más conformismo. Pero el cepo al verde billete, la descarada corrupción, el terror a la parálisis económica, la inusitada violencia verbal, el boludeo constante, y el tan mentado 'vamos por todo', amplificados hasta la locura por medios opositores e independientes, bastaron para que muchos partidarios del irreverente status quo pusieran el grito en el cielo, ante la evidente sequía conformista. El recordado llamado al diálogo y a la unidad política de la Presidente durante su discurso de victoria aquella noche azulada, no fue más que una angelical falacia. Por el contrario, partiendo de esas palabras vacías de contenido, se ha potenciado la confrontación, que ahora alcanza niveles estratosféricos pues alcanzó los círculos más íntimos, salpicándolos con la sangre del pasado. Jorge Lanata, nuevo tótem de jóvenes que no habían nacido cuando fundó el (hoy) bastardo diario Página 12, desde la TV y la Radio Anti-pública; el paciente motonauta Daniel Scioli desde su sempiterno despacho de La Plata; y el refinado Hugo desde las calles, han comenzado la resistencia, vivificando al patético circo opositor amante del voyeurismo.

Por supuesto, y como bien apuntan los perfilistas (entre otros) en sus inspiradoras columnas, esta batalla fálica no es más que una interna peronista, kirchnerista si se quiere; una de esas cruzadas que han trastornado hasta el paroxismo a nuestro pobre país. Quienes fundían sus corazones en besos prohibidos, y sus almas en abrazos escandalosos, hoy se odian con la misma intensidad. Y no paran de llover las acusaciones, haciendo un sensacional alarde de impunidad. Y los delirantes fantasmas golpistas vuelven a sobrevolar los helados cielos de la verdulería. Y afloran los guapos de cartón que pretenden erigirse como héroes, siendo poco más que la basura que nuestros queridísimos camioneros levantan noche tras noche. Y el pasado cobra vida, confundiéndose con el demoníaco presente donde ya no brilla más la preciosa luna. Como consecuencia de su estilo tan particular, celoso y magnánimo, la primera mandataria observa el derrumbe de los viejos pilares mediático, social y político que sostuvieron al kirchnerismo en sus albores, otorgándole la legitimidad necesaria para gobernar, y debe soportar con estoicismo su amnistía, cuyo objetivo no puede ser otro sino desplazar de la ecuación electoral a los que tantísimo poder les dieron. Clarín no debería olvidar que sigue siendo Clarín gracias al desfachatado perdón del Santo Néstor. Scioli abandonó el letargo y la fiesta menemista por obra y gracia del 'flaco’, quien lo convirtió en Vice y luego lo catapultó a la gobernación de la caótica pero celebérrima Provincia de Buenos Aires. Y, en mayor medida aún, es Moyano quien no puede olvidarse que este gobierno lo salvó de la cárcel y le entregó las llaves del país, para que lo convirtiese en su patio de juegos. Es el precio que CFK debe pagar por otorgarle plena confianza a alguien que, se sabe, sucumbirá a la tentación de la vil traición. Soberbia o no, desquiciada o no, la pobre mujer es un ser humano.

Adjetivar de forma grosera a los protagonistas de esta caricatura sería un cuarto miope y tres cuartos zonzo de mi parte; sin embargo, no es ese nuestro propósito? El relato zenkiano está surcado por el odio a las masas, al materialismo indigno y al sobrado anti-intelectualismo de los profetas de papel higiénico; determinado por un indecible cinismo y la exaltación del ridículo. Este relato dista de otros relatos.

El ya tristemente célebre 20 de junio, un nutrido grupo de rocosos camioneros bloqueó una planta de YPF en La Matanza, en consonancia con los paros sorpresivos que el Sindicato había decretado las jornadas anteriores. Estaba allí el eje del reclamo por la (entonces) irresoluta paritaria y la puja por el mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias. Semejante muestra de poder asustó a los funcionarios que no habían viajado con la emperatriz a la Cumbre de UN en la tierra de los hijos de puta, quienes no dudaron en llamar a la única persona capacitada para tomar decisiones políticas en este país miserable. Temió Kristina un golpe de Estado, suponemos. Gracias al accionar desestabilizadoramente militarizado de los camioneros, nos pudimos enterar de los actos por el Día de la Bandera (el feriado era muy lindo, pero, por algo era no?). Desde Rosario llegó la apaciguadora voz de nuestro Vice, Amado Boudou (el de la manija), saliendo al cruce de los gorilas, demostrando por nonagésima vez sus dotes de innato estadista y su intachable autoridad moral. Entrada la noche, comenzaron nuestros jugadores a tirar las primeras patadas: una tropa sin igual de gendarmes ayudó a descomprimir la situación en la refinería.... Cómo? No ayudó? Bueno, no importa. Nadie imaginó que un gobierno que ha castigado la represión hasta la senilidad, utilizase a Sergio Berni, Secretario de Seguridad y retirado Mayor del ejército, como cabeza del operativo. Los forcejeos parecían divertir a los camioneros; ni hablar a los camarógrafos que prendían velas a los dioses de la ominosidad. Oficialistas continuaron con la magia, ya con CFK de vuelta: un ministro de papel denunció a Hugo y Pablo Moyano ante la Justicia (dónde sino) por atacar y no acatar la conciliación obligatoria y por impedir el normal funcionamiento de los transportes. Deducimos que la misma presentación puede hacerse en contra del aire, que hace que los colectivos, trenes y subtes anden como el reverendísimo orto día tras día.

Algunos pueblos del interior experimentaron ciertas (y exageradas) dificultades con el abastecimiento de gas y combustibles, obligando al paladín imperial Gabriel Mariotto (otro Vice) a hacer su estelar aparición. Vale una aclaración, querido cadáver: ninguno de los actores mencionados ha sido inventado, aunque usted no conozca a ninguno de estos impresentables. Se vieron espectáculos televisivos que provocaron severos dolores abdominales; el mejor de todos a cargo de Julio de Vido, quien defenestró al líder camionero en ‘6-7-8’, luego de lamerle las bolas durante tantísimos años por sus patrióticas convocatorias (“Operación Clarín-Moyano-Barrionuevo-Scioli?” rezaba el graph del enfermizo programa ultra K). Sin embargo, el colmo de los colmos fue la tragicómica visita de Hugo al programa 'A dos voces' de TN, donde el camionero anunció un (ya planificado) paro mundial de tres semanas. Comidilla para la neurótica mandataria que vio diluirse su arduo trabajo de años. Mientras la patronal acordaba con el Sindicato en el más impoluto de los secretos. El refinado compañero de los lentes levantó el paro de tres años, convocando un acto para el 27 del presente. Desde el kirchnerismo más verdulero solo brotaron diatribas para con su antiguo camarada y amante, sin olvidarse de Daniel Scioli, quien había viajado a Italia para que le dieran una mano (cuac). En un arrojo incuestionable, la emperatriz responsabilizó indirectamente a los camioneros por un accidente de tránsito que lamentablemente cobró la vida de 11 gendarmes. Del chofer que se quedó dormido, ni hablemos. “Fuerza mi presi, fuerza!!!”. Con el clásico golpe bajo, la mandataria prometió la no-presencia de las fuerzas de seguridad en el acto en Plaza de Mayo, esperando algún desborde que ensuciara al pulcro camionero. Todo vale en este imperio de ilusiones. Los fieles exponentes de la desculturalización, promotores de la involución de la humanidad llegaban al 27-J empatados en cero, colgados del travesaño de Flor de la V (con respeto lo digo).

Con monumentales coberturas, los medios se ocuparon del acto en la Plaza de la Revolución. Hordas de venosos verdes y blancos abarrotaron las calles del micro y macrocentro. El sabor del Bernet con Coca ® trastocó los sentidos de los más sensibles; y el olor a choripán evaporó los prejuicios de los muchachos de traje enamorados de las ensaladitas naturistas. La 9 de Julio dejó de existir, invadida por más de cinco millones de aviones de tierra. Como había prometido CFK, ni un solo efectivo policial; muy parecido a un día normal, sin marcha ni reclamos. Para los verdaderos analistas políticos (esos que desperdician aliento tratando de darle un marco teórico a las estupideces de los argentinos) quedarán las conclusiones: que cuántas personas había; que cuáles gremios se adhirieron al acto de Moyano; que cuántos muertos hubo durante los incidentes entre aliados y soviéticos; etcétera. En otro alarde fálico, Kristina habló minutos antes de las tres de la tarde, retrasando las palabras de Hugo Antonio. La emperatriz en San Luis, tierra opositora desde el comienzo de los tiempos; el camionero canturreando contra el gobierno que le dio poder ilimitado, corriéndolo por derecha e izquierda, al son de la maravillosa pero estéril marcha peronista. El reino del revés. Argentina.

Como decía más arriba, nuestro relato defiende los valores más ominosos, íntimamente ligados a la muerte y la desolación, repelentes de quienes se dicen amantes de la vida y la felicidad que ésta supone. El relato K, basado en la estupidización y el eterno conflicto, no acepta su propia naturaleza y pretende ser omnisciente (alcanza con leer cualquier columna proselitista en algún multimedio oficialista). El hueco relato anti-K, motorizado por el Grupo Clarín, retrata al gobierno como si fuese el mal último - cuando sabemos que éste se esconde en los corazones de las bestias perversas y desagradecidas - y utiliza cualquier artilugio para deformar la oscura realidad en una aún peor. El relato independiente, muchas veces huérfano de pauta oficial, es muy loable, pero ese carácter racional, conciliador y esperanzador lo hace pecar de inocente: cómo se puede pretender sensatez en una sociedad tan heterogénea y abandonada a sus más fieros instintos? "Solo la tristeza puede ser tan triste". No me pondré en papel ni de juez ni de verdugo. No soy portador de la verdad; muy por el contrario, la verdad no duerme en mi habitación de paredes blancas. Me tiene sin cuidado dónde está. Me tiene sin cuidado si son Moyano, Magnetto o Scioli los que la tienen más larga; o si son Kristina y su corte de aduladores/aplaudidores/lamedores-de-orto/delincuentes/auto-golpistas los que la tienen más larga. Pero es una obtusa obviedad que semejante dislate discursivo solo llevará a este país a una fragmentación aún mayor. Para estos jugadores, no parecen bastar la infinidad de problemas que aquejan a los argentinos, fruto de desavenencias internas y externas. Los logros de este gobierno (que no son pocos, tampoco siderales) se descuajan al calor de la opulencia de aquellos que dicen 'si' a las demenciales iteraciones de la emperatriz. Ha pasado mucho desde aquel caluroso y apacible octubre, antesala del caos trepidante de la última desgracia; y varios ya se arrepienten de haber colocado la boleta azul.

La conmocionante espiral que engloba desorden institucional, libertinaje económico, degradación moral y caos cultural no tiene intención de consumirse todavía; es esta transmutación, necesaria para los que desean mantener su pornográfico estilo de vida, donde prescinden de cualquier entidad que se oponga a su ceguera mental. Su excelso materialismo los lleva a pensar que la verdad reside en el tamaño de sus miembros, o en la rocosidad de sus pelotas. Claro, en este país, no hay regla que alcance para medir ni los falos, ni la idiotez que nos hace olvidar a los seres que una vez amamos odiar u odiamos amar.

UNA COSA QUE EMPIEZA CON “P”!!

Written and Posted by Cesar de la Luz
Dedicated to the loving memory of Juan Alberto Badía

lunes, 27 de febrero de 2012

Doble sombra


"Solo un muerto podía quedarse en los 17 años para siempre"
(Haruki Murakami - "Tokyo Blues/Norwegian Wood")

"Aferrado a los bordes del agujero, trató de alzar su cuerpo; fue en  ese preciso momento cuando sintió que algo extraño se prendía de sus tobillos. Fue entonces  cuando supo  que era el miedo; pese a sus desesperados esfuerzos no conseguía desprenderse de la misteriosa fuerza que tiraba de sus pies".
(H.P. Lovecraft - "En la cripta")

"Darío, crédulo como de costumbre, creyó que aquel escenario no se repetiria, que aquel ser aprenderia y de alguna manera no volveria a degradarlo a la misera forma de las cenizas de un cigarrillo. Pero obviamente se equivoco, y fue nuevamente empujado al vacio, a un vacio atroz que lo atormentaria por días, meses e incluso años".

 Una característica altamente virósica en el ser humano le permite creer que ciertas circunstancias de la vida no tienen porque ser iguales a otras similares vividas con anterioridad. Llamese "esperanza" o "ilusión" (o incredulidad), el individuo promedio tiende a darle una segunda oportunidad a las cosas (incluso aquellos que tardan en hacerlo o que sencillamente dicen que nunca lo harán). Puede que en dicha ocasión los planetas, supuestamente creados por un hijo de puta, se alineen y conformen una suerte de "suerte" (me cago en la redundancia) y la situación o el momento que antes fue escabroso ahora sea ideal. Si bien esta demostrado que esto sucede (en un 0,00000001 % de los casos), la mayoria de las veces se da al revés, y las segundas partes son malas y/o terribles.  Se dice que cuando esto pasa uno se convierte oficialmente en un "boludo". Pero cuando ya pasa reiteradas veces, a tal punto que la vida deja de ser vida, uno definitivamente alcanza un grado de estupidez total.

 Basicamente eso le sucedió el Sábado 18 de Febrero a quien escribe estas  líneas (que de merca no tienen nada por desgracia). Nuevamente, confiando en la mismísima nada, creyó que algo podía funcionar, que darle otra oportunidad a la misma desgracia podría llegar a tener algún resultado satisfactorio. Y con estas premisas "positivas" el tarado de turno se fue a dormir el día anterior a las 4 am (lo que sucedio esa noche merece un blog entero para ser narrado) para levantarse 5 horas después y dirigirse a la Anicon, otro mas de los insipidos eventos a los que Yamato nos tiene ya acostumbrados.

 Una junta del staff de las remeras de colores tuvo lugar lugar meses atrás en un conocido local de comidas rápidas próximo al Paseo La Plaza para decidir el lugar donde se celebraria dicho evento funerario. Curiosamente Carlos Guzman se encontraba con un cuadro diarreico en un mugriento baño de dicho antro y, entre gases, pudo escuchar el diálogo que mantenía Nishi "Puto" Llinas con sus súbditos. Lo transcribimos a continuación:

 Nishi (el puto): "ok gente, donde mierda vamos a hacer el evento? Necesito ideas chotisimas y platita, pero ya eh."

 Estaf #1 (Mehago, recientemente incorporado): "hagamosla en el centro cultural buen ayre, un lugar pedorrisimo donde los podemos hacer cagar de calor para que compren liquidos (de dudosa procedencia). Ahí está la guita".

 Nishi (re puto, encendiendo un habano): "mmm si, queseyo, la verdad es que tenemos tanta gente en el estaf (al reverendo pedo) que no vamos a entrar ahi, y ni hablar del público. Necesitamos un lugar mas grande pero a la vez mas choto".

 Estaf #2 (Edu di Costa, desempleado desde que se peleo con Leandro "el gordo" Oberto): "hagamoslo en el Club 947, otro lugar de mierda. Ah si, y llamemoslo a Mc Pio para que pinte a las minitassshhh, miniiiitassshhh (igual me la lastro doblada)".

 Nishi (aun mas puto, fumando el habano por el orto): "ah no es mala idea..pero no, despues tenemos que indemnizar a los que mueran bajo la pantalla gigante. Además tendriamos que poner la entrada a $1000, como para Laruku".

 Estaf #3 (Michael): "y si la hacemos en el nichia? Es una escuela de mierda en un lugar de mierda, y además esta llena de tumbas".

 Nishi: "si...si....SIII (se le quemo todo el orto con el habano) buenisima la idea, me gusto eh. Y para el cronograma de actividades como hacemo'?".

 Estaf #1 (Mehago): "y mirá, abrimos las puertas a las 12, ponemos las actividades a partir de las 14 hs, asi los boludos se re cagan de calor y compran agua, sanguches de salame y queso y, en especial, PANCHOS (guilty pleasures), ahi esta la guita. Ah, y le tiramos un chori y una coca al incompetente de los toronja para que la reme en dulce de leche ambas tardes".

 En resumen, asi fue. Una convención destinada al fracaso obvio de una "empresa" que no aprende de sus horrores. Quien escribe estas lineas llego tempranísimo, convencido de que habría una fila que enfrentar. Pero nuevamente, y como era de esperarse, se equivoco. Acompañado de un compañero que prefiere seguramente no ser mencionado en esta garcha, atravesó las rejas amarillas de la perdición minutos antes del mediodia. El calor pesaba como nunca. El primer altercado lo tuvo al comprar las entradas: no tenian cambio....

 A ver, si pones una entrada a 40 y te compro 4 (cuatro), son 160 mangos...te garpo con 200...es increible que no se prevea esta situación, puesto que con esa guita me encamo en un telo por 13 horas. Pero bien, se trata de yamato, los ignorantes somos nosotros, que no llevamos monedas de 5 centavos en el bolsillo. Preveo que en el futuro contaran con un frasco de caramelos para solventar los vueltos, por ahora ni para eso les alcanza. Luego de haber sorteado dicho impedimento en la entrada, nos dispusimos a ingresar a la casita del horror.

El calor era agobiante. Recordaba a un lejano verano de 2009, cuando un casi difunto Dario firmó un contrato que acabo con su vida. Pero esa historia ya es conocida por todos...
 Los "stands" (si se los puede llamar así) dejaban mucho que desear, como de costumbre. Entre la mucha basura a la venta podemos mencionar desde figuras chotisimamente truchas (y chotas) con un precio elevado irrisoriamente hasta la ridicules máxima (o sea, chotos), pasando por katanas, bombachas, cartucheras, ratas, pistolas, vaqueros, damas, guanteros, pistolas, rateros...hasta vello púbico de Bono (crossover), pero nada que realmente valiera la pena.
 Las unicas actividades disponibles al momento eran en la sala de proyecciones, con series y películas que, como ya es sabido, nadie mira. El resto de las actividades comenzarian horas después; mientras tanto la principal atracción era ver a los del staff rascándose las pelotas y/o argollas a cuatro manos y al boludo de Toronja remandola como nunca en la conducción. Mención zenkiana de honor a este individuo que por asistir a este evento y prestarse para tan bochornosa tarea de pseudo-anfitrión es igual o mas boludo que nosotros.

 Y la verdad, no hay mucho mas que decir. 2 (dos) horas duramos en aquel infierno, rodeado de rincones grises, tumbas y perdición. Por mi parte solo asistí para lograr sacarme una foto con "La Princesa", pero ella fue mas inteligente que todos nosotros y apareció mucho después. Para ese entonces, quien escribe estas líneas se tambaleaba en el borde de la fosa.

  Calificación del evento: 0,8 zenkos

  La fosa - OffTopic

 Las derruidas calles que se abrían delante nuestro lucian un tono ocre bajo ese cielo verdoso que todo lo cubria. Vimos pasar ante nuestros ojos a la nave nodriza, pero en ese momento era preferible continuar nuestro trayecto.
En el recorrido, la silueta del coloso recortada contra el cielo nos recordaba siempre lo mismo, como si de una advertencia se tratase, mas nada ni nadie podria detenernos en ese momento. Ya sabiamos donde nos dirigiamos desde antes de emprender la partida, y teníamos muy en claro que no nos detendriamos bajo ningun motivo.

 Nuestra primer escala fue para recargar energías. Nuestros cuerpos pedian a gritos alguna fuente de alimento. En el camino a pie hacia el innombrable reino, sitio de reunion de los muertos, pudimos observar ciertos lugares, fachadas y sitios de gran ominosidad, que también estaban ahi para advertirnos de que estabamos yendo demasiado lejos. Como era de esperarse, no nos importó.
Consumimos lo que cualquier mortal, aunque es bien sabido que a los muertos la comida mundana les termina cayendo mal, mas en un lugar asi. Con nuestros estomagos llenos y nuestra billetera un poco mas vacia, emprendimos nuevamente el viaje hacia el pabellon de la muerte.
En dicho viaje vislumbramos  lugares conocidos, entre los cuales estaban la Plaza del Diablo y "el banquito de la desolación", donde dicen que, de noche, pueden escucharse los lamentos de un ser con diarrea.

 Pero dios no nos la iba a dejar asi de facil. Casi al llegar a destino una esfinge se apareció en el medio del camino, proponiendonos un simple acertijo para el que nadie tenia animos de contestar. La esfinge, enfadada y aparentemente indignada, se avalanzó sobre nosotros pero se teminó conformando con una simple ofrenda "lanatiana".

 El pabellón de la muerte se erigia ante nosotros como una tumba sellada por las arenas del tiempo, esperando a que pusieramos un pie dentro para cerrar sus puertas a nuestras espaldas. Nuestra sed de constante desafio hacia dios y principalmente hacia todos sus "mackiavélicos" retos nos permitio dinamitar las puertas y entrar como si fuera nuestra propia casa (debe de serlo).

Su interior lucía como en los viejos tiempos (después de todo, tres años no son nada). Inmediatamente sentí un leve mareo que atribuí a la nefasta comida que habia ingerido minutos antes. Le quite importancia y seguí firme caminando hacia delante y sin mirar atrás, como aquel día.
 Los pisos temblaban bajo nuestros pies, mas la escalera que se erigia ante nosotros lucía una aparente firmeza, invitandonos a subir por ella poco a poco. Antes de que nos diéramos cuenta, habiamos llegado a la cima. Nos encontrabamos en el segundo piso...

 "A medida que caminaban por esos pasillos, sentía una rara sensación en su brazo, una presión, una fuerza que lo arrastraba hacia delante. Queria que se detuviera, pero era imposible. Demasiado tarde. En las vidrieras se reflejaba el horror: Dario estaba siendo arrastrado por una fuerza descomunal. De repente se detuvo, miro a sus pies y vio aquella fosa. No sabia nada acerca de su profundidad, pues dicho pozo estaba casi repleto de panchos, pero tampoco podia quedarse con la incognita. Tomó coraje, se agachó y metio la mano dentro para ver si podia palpar algun fondo próximo. Y asi como metio la mano terminó por hundir tambien el brazo, el codo, el hombro. Cuando quizo darse cuenta, Dario estaba hasta el cuello de panchos. Luchaba y luchaba por liberarse pero sentia que cada vez se hundia mas y mas. De repente, una figura emergió desde el fondo del mar de panchos. Su belleza derruia los techos del recinto y volvia arena las vidrieras de los locales. Movia los labios. Parecia estar hablando pero Dario no la escuchaba, no podia escucharla. De repente, una historia conocida: el hermoso ser se precipitó sobre Dario, lo beso, lo abrazó y se lo llevo consigo hacia las profundidades del mar de panchos".

 Yo miraba perplejo esta escena desde la superficie. Parado en el borde de aquella fosa sentí una mano agarrando mi tobillo. Mire mis pies. Aquella criatura verdosa sonreía mientras me arrastraba hacia el pozo. Justo cuando estaba por seguir el mismo destino que Dario, una voz conocida dijo "no en mi turno" y disparó con su Gustav. No logró darle de lleno a la criatura,  aunque si logró que esta se esfumara dentro del pozo. Su baba verde corroia mi piel como los mismisimos recuerdos, pero ya no importaba. Estaba a salvo, al menos por el momento...

 (Continuará)


Written and Posted by Roberto Fantini.
Dedicated to Cesar de la Luz, Carlos Guzman, El Ente (Yui), "dios".
In memoir of Impa's Hair -  Requiescat in pace

miércoles, 8 de febrero de 2012

Se volvio canción


Es difícil comenzar a escribir esta suerte de reseña o pequeño homenaje a un grande como es el Flaco. Busco las palabras adecuadas que reflejen la ausencia musical que deja en nosotros pero es imposible encontrarlas, lo mas cercano seria decir que es la verdadera tristeza infinita, ahora si, Dios ha muerto, Nietzsche se adelanto unos cuantos años, pero finalmente tenia razón (lamentablemente).
Un genio musical por donde quiera que lo miren, en todas sus etapas se caracterizo por ser un vanguardista en cada obra de arte, siempre innovador pero con ese tinte metafórico y poético que le caracterizaba.
Se fue uno de los grandes genios del rock dejando un vacío que ningún artista creo pueda llenar, por suerte quedan sus discos, su música, su poesía, que trascenderán en el tiempo y se mantendrán vivas por siempre recordando en cada nota la esencia,la magia del genio Spinetta.
Hasta siempre alma de diamante.




CG - CDLL - RF 

martes, 27 de diciembre de 2011

El orgasmo de Erasmo


Con el paso del tiempo, conforme iba alejándome de aquel pequeño mundo,
dudaba sobre si los sucesos de aquella noche habían sido reales. Si pensaba que habían
ocurrido de verdad, me parecía que habían ocurrido de verdad; pero si pensaba
que eran una fantasía, entonces me parecía que habían sido una fantasía. Para ser una 
ilusión, los detalles eran demasiado precisos; para ser reales, éstos eran demasiado hermosos.
El cuerpo de Naoko y la luz de la luna.
Haruki Murakami [Tokyo Blues – Norwegian Wood]

La tumba que te parió – Offtopic

Postales de un barrio olvidado por todos. Un pequeño jugueteando con su padre como si el tiempo no fuese más que un obtuso impedimento para el goce. Un lánguido anciano arrastrándose por la vereda, utilizando un bastón para suplir las facultades que ese obtuso tiempo le arrebatara. Una odiosa pareja de jovencitos, de la mano, observando el cielo misterioso de nubes mentirosas, sonriendo ante el venturoso porvenir, sin comprender el carácter efímero y falso de la felicidad. “Estupidez”. Un pozo interminable en el suelo; un desagradable montículo de tierra húmeda. Y un muchacho triste que no puede evitar el fin de su existencia, al servicio de aquella desgracia que agrede a todo el que permite su entrada. Un puerto desolado de ominosos bodegones, donde descansan las inescrupulosas entidades fuera de control. Allí la devastación amorfa rinde tributo a los infames demonios verdes, y a su líder inexpugnable: el Diablo de papel celofán. Postales de un rincón de la ciudad sin nombre olvidado por todos.

El joven Alonso descansaba en su habitación del primer piso. Aquella antigua casa en el medio de la nada era refugio y, al mismo tiempo, la cárcel más espantosa que un ser pensante podía tener. Los alaridos de los pajarracos impedían que conciliara el sueño. Claro, en la granja que su padre y su madre mantenían con denostados esfuerzos no había mucho que se pudiese hacer. Podía dormir; o podía suicidarse. La muerte no es únicamente solución; también es salvación. El viento fétido balanceaba las copas de los árboles y las hacía chocar contra las paredes exteriores de la casona, construida allá por fines del siglo XIX bajo el expreso mandato del recordado doctor Hernández, quien falleció en circunstancias que preferiría no relatar, sobre todo por compasión a las inocentes almas que aún forman parte de este corrupto planeta lleno de agua. “Lujuria”. En el cuarto contiguo, la materialización de aquella inocencia: sus dos hermanos menores, y del otro lado, sus progenitores.

Tras unos segundos de indecisión, se levantó; había perdido hacía muchos años ya el miedo aún impreso en el cuerpo de los pequeños: el terror al silencioso e interminable vacío de la casona de crujientes maderas, cercada por los campos de trigo de la familia y un muro de negruzcos árboles. La imperante soledad de la granja provocaba, incluso en las vacas, melancólicas creaciones de vaya a saber quién, irrefrenables deseos decadentes. Un final varias veces anunciado, nunca concretado. Alonso abandonó su cuarto, en el primer piso, y enfiló hacia las escaleras, con rumbo desconocido; lo hizo despacio para no despertar a sus atareados padres y a sus rebeldes hermanos. Apareció ante sus ojos, ya en la planta baja, la cocina – quizá lo más grande e interesante de la apática propiedad de incomprensible estilo – sin poder evitar el refrigerador, donde una deforme pero brillante botella de leche aguardaba con paciencia. Cada paso estaba seguido de un crujido, típico pero igualmente detestable. Cada crujido estaba seguido de un paso, vacilante pero inevitable. Mientras bebía, el hijo mayor del matrimonio observaba con delirante atención la puerta trasera de la casa, de robusta madera y amarga tonalidad; esperaba la visita de algún loco, supongo. Pero no era esa gente, el tipo de gente que recibía visitas inesperadas: todo estaba diagramado; todo era predecible, hasta el fastidio.

Enjuagó su boca y la botella de leche; la apoyó sobre la mesada y comenzó el arduo camino hacia el piso superior. El molesto ruido de las escaleras continuaba. Alonso joven pareció oír unos pasos en el cobertizo; no pudo evitar detener su marcha y observar hacia arriba y hacia abajo; lo mismo hizo cuando llegó a la puerta del baño, mirando hacia izquierda y derecha. Luego, como si nada, continuó la travesía hasta el cuarto que el destino (su padre) le había asignado. Tenía dos opciones: dormir o suicidarse. La muerte también es redención. Así fue que volvió a tenderse en la cama, observando insistentemente la ventana cuya persiana permanecía cerrada e intentó, a pesar del golpeteo de los árboles contra la casona, a pesar del inenarrable aburrimiento que padecía, a pesar del crujido de las paredes, conciliar el maldito sueño. Observado por un peluche blanco, el único en su cuarto de adolescente, acomodó su brazo izquierdo bajo la almohada y trató, en vano, de despojarse del mundo tan simple que lo rodeaba. Imaginó la vida en la ciudad. Imaginó algo que no debía imaginar. “Locura”.

Aquel jovencito sentía por esa casa un profundo rencor: la consideraba su refugio, pero también una cárcel para su alma. No imaginó que pronto, esa construcción algo pedestre, levantada por expreso mandato del viejo Hernández, un doctor cuya muerte continúa siendo inenarrable, también se convertiría en su tumba. Aunque claro, esa granja, a pesar de sus obvias malignidades, no tenía ni tendrá nunca punto de comparación con el inmundo barrio donde habita el caos reptante, donde un desprolijo idiota de aspecto lamentable cavó su propia fosa, a la cual se arrojó, para horror de los vecinos, para deleite de las entidades fuera de control. Estoy hablando del barrio Sevilla, por supuesto.

El hijo mayor del matrimonio Alonso imaginó algo que no debía imaginar; vio algo que no debía ver. Lo vio arrojarse al pozo toscamente cavado. Vio esa trémula y desencajada sonrisa al momento de lanzarse hacia el fastuoso abismo de alienación, presa de una sombra de ojos incoloros. Aquel chico de campo fue testigo privilegiado del comportamiento errático del hombre cuando cae en las garras de ‘eso que no se puede nombrar’. La inescrutable visión de su ventana, cuya persiana estaba cerrada, fue devorada por un inverosímil bombardeo de imágenes: un puerto mugriento, una esquina maltrecha, un puente endemoniado, una guarida desesperanzadora, el Golem azul, la plazoleta interminable, y los negruzcos árboles escupiendo miles de hojas en pleno otoño, la estación de las lágrimas. De pie, a pocos metros de una terminal de tren tan antigua como la lujuriosa maldad, el chico de campo notó como la luna se escondía, temerosa vaya uno a saber de qué.

Impresionaba la forma en que los habitantes de aquel infierno de pan rallado escapaban raudamente hacia sus moradas, bajas casas y agrios departamentos que nunca terminaron de encajar en ese universo paralelo tan patético y hediondo. Hordas de personas de borroneados contornos, al trote, en busca del calor absurdo de sus familias. “Ignorancia”. Y entre ellos, la desgracia hecha persona: un hombre sin rumbo, sin vida. Claro, el chico de campo, nunca reparó del todo en este sujeto; llamó su atención la persona que acompañaba al desprolijo infeliz. Vencido por el encanto de algo que nunca existió, vencido por la curiosidad, decidió seguirlos. Era solo un sueño. Nada malo podía suceder. Con dificultad esquivó la infinidad de transeúntes que se agolpaba en las calles derruidas del barrio Sevilla, rincón de la ciudad sin nombre olvidado por Dios y por el Diablo; vestía aún su pijama celeste: tiritaba ante el peligroso viento, casi invernal. De no haber sido un vecindario enceguecido por la estupidez, se habrían percatado del aspecto de Alonso y habrían evitado el próximo desenlace. El indefenso jovencito no temía perderse en ese lugar de perdición y pecado; parecía discernir que en un sueño estaba y que, de un momento a otro, sería su madre quien lo rescatase. La pareja perseguida abandonó hábilmente la calle Olimpo, doblando en la primera esquina perpendicular a la estación de tren. Se encontraron con el pasaje principal del barrio, la calle Bandera, y enfilaron por allí hasta la Plaza Central. Dicho pasaje estaba invadido de negocios horrendos y de la más baja calaña, atendidos por gente que no daba muestras de pertenecer a este mundo; ni siquiera podían adivinarse los nombres de la calles pues los carteles azules eran ilegibles; quizá utilizando alguna artimaña, el Diablo había borrado todo rastro de humanidad en los rostros, sobre todo en el rostro de aquella noche borrascosa que quedaría impresa en la memoria de los vivos y de los muertos. “Destino”. Los habitantes de ese infierno de helado de vainilla danzaban sobre cucuruchos de asfalto, mientras el cielo se teñía de un color indefinible. Una mujer de unos cuarenta luchaba denodadamente contra sus cinco hijos: de aquí para allá, los infantes molestaban a los peatones, desquiciaban a su madre, y provocaban al Diablo, que vela y espera pacientemente para descuartizar y devorar las inocentes almas repletas de malignidad. Las luces de los negocios humildes y tristones lograban iluminar lo que la luna no podía; una luna que se escondía detrás de una densa y perversa humareda otoñal. El chico de campo observaba boquiabierto el espectáculo de la ciudad, asombrado por la magnificencia (ficticia) del lugar, un lugar que conocía por primera vez, aunque de un sueño se tratase.

Alonso notó como uno de sus perseguidos (el hombre) gesticulaba nerviosamente, mientras su acompañante agitaba las aguas de la desesperación, preparando el terreno para el ataque final de una sombra ominosa. El jovencito los siguió hasta la Plaza Central, donde comenzó a dudar de la veracidad de la situación: no era probable que alguien lo despertara pues se sentía cada vez más involucrado en la fantasía, casi percibiendo los movimientos y sentimientos de los dos zánganos a quienes seguía. Su conciencia maltrecha se estaba fundiendo con el sueño, borrando su existencia, allí, en la casona crujiente construida por el malogrado doctor Hernández, cuya muerte fue tan insólita como grotesca.

A diferencia de ese curioso par, Alonso decidió atravesar la plazoleta bordeándola y evitar el camino del centro. La esquelética arboleda casi artificial, muerta por efecto del otoño, de un tono marrón demasiado feo, dejaba entrever algunos rayos provenientes de los focos de luz que alumbraban tenuemente la serpenteante vía que algunas parejas podían considerar romántica, pero que de romántica no tenía absolutamente nada. Un par de malvivientes observaron a la pareja con obvias intenciones pero no parecieron reparar en el jovencito que vestía un pijama celeste, bastante infantil para su edad. El ciclópeo ayuntamiento, un edificio ancho, pálido y monótono, decoraba penosamente la esquina noreste de la plazoleta principal, una plaza que carecía de juegos para los pequeños hijos del Diablo. Aquella inefable mole de concreto llamó tanto la atención de Alonso que por un instante perdió de vista a sus perseguidos. Así como las maderas de su casa de campo crujían ante cada paso, las distraídas hojas que escapaban de los árboles crujían cuando el muchachito las pisaba con sus zapatos de noche. Recordó, entonces, sus aventuras a la planta baja, sus noches delante del ventanal de la cocina, sus opulentos desayunos a la mesa con su madre y sus dos hermanos, y aquella joven de bonito rostro con quien compartía sus días de escuela. Pestañeó y, sin perder el rastro, continuó con su imprudente persecución. Retomaron por la calle Acuario, paralela a Bandera, recorriendo un par de cuadras, bajo la atenta mirada del Golem azul, estigma indefinible del caos otoñal, y doblaron luego de pasar por una vieja casa de apuestas. Alonso se extrañó por aquel artefacto que organizaba el transito al son de tres colores, y no pudo evitar una mueca de admiración al pasar por la casa de apuestas donde se agolpaba una insólita cantidad de gente. “Dinero”.

Ya en la calle Pino, la pareja se detuvo a los 200 metros, sitial del pecado original y de la aberrante mentira. Alonso se dispuso cerca de aquel umbral pavoroso, protegiéndose con un poste de luz pintado de verde y amarillo de innecesarios riesgos. La distancia que los separaba, claro, y la oscuridad de la calle Pino, hizo que el chico se perdiese detalles. Fue muy afortunado. Las nubes misteriosas de la estación de las lágrimas ocultaron la luna y evitaron que ese astro blancuzco y precioso fuese testigo de un espectáculo vomitivo. No haré mayores comentarios sobre dichos sucesos. Alonso se devanó los sesos intentando descifrar un extraño ritual que llevaron a cabo. “Cobardía”. La quietud fue destruida por un auto que llegó para recoger al desdichado hombre, quien se despidió con temor de su acompañante. Ante la obvia separación, el chico de campo perdió todo interés, aunque seguía deslumbrado por aquella mujer de facciones redondeadas. Una curiosidad aún inexplicable. Era una ilusión, claro.

Cerca estaba el invierno. Lejos su casa, al otro lado del umbral del sueño. Su madre aún no ingresaba en la habitación para despertarlo. Alonso se preguntó cómo regresar a la Plaza Central, o a la estación de trenes en la calle Olimpo. No obstante, hubo algo que interrumpió sus pensamientos, algo que lo dejaría huérfano de sentimientos.

Alonso perdió de vista el coche de andar vertiginoso, y al voltearse al punto donde el vehículo se había detenido antes, reparó en algo absurdo. Allí estaba él; parado con una pala en la mano, con una campera cuya capucha estaba calzada. Allí estaba él, dispuesto a cavar una fosa frente a esa puerta demoníaca. El viento fétido que arrastraba los árboles comenzó a intensificarse; y con ello el murmullo de los vecinos inició. Allí estaba él, sonriente, con la mirada febril y desencajada de los dementes de antaño, de los demonios verdosos. Allí estaba él, con un artefacto en su mano izquierda, presto a realizar el ritual de la última desgracia. Una gigantesca piedra yacía en el suelo con una inscripción que el chico no pudo leer. Allí estaba Navarro, a punto de cavar su propia tumba.

Comenzó con el trabajo cuando el reloj dio las nueve. En ese barrio olvidado no había campanas que sonasen; el Diablo las había robado antes de retirarse de aquel feudo repugnante. No fue tarea complicada remover la tierra; y los yuyos amargos no presentaron un problema para Navarro. Cavaba con furia: era el camino que había elegido. Una decisión que con el tiempo supo ser la correcta, aun incurriendo en una terrible falta, aun sacrificando su cordura. Alonso observaba con atención y preveía un desenlace funesto. Sabía que era un sueño. Algunos vecinos comenzaron a detenerse a la par del chico para ver qué sucedía. “Ya lo hemos visto todo”, pensaban. Pero no estaban preparados para lo que sucedió a continuación. Ya sin su campera, temblando por el frío de su alma, hirviendo por el calor de su corazón, Navarro culminó la tarea. Arrojó la pala sin importar el lugar de aterrizaje, miró el pozo unos instantes, y simplemente se arrojó. “Desgracia”.

Alonso se incorporó enseguida para ayudarlo. No podía concebir una decisión así. Su intentó se evaporó en un santiamén: cuando llegó a la fosa y se asomó para tender su mano, vio algo que cambió su vida, y lo llevó a escaparse de la granja de su familia en el momento en que su madre lo despertó. Se arrojó al piso para observar el interior del pozo y ése fue el final de la visión. Lo que descansaba en esa tumba no se parecía en nada al pobre Navarro. Más bien parecía algo sacado de una película de terror. Allí estaba eso. Un ser verdoso, de baba intergaláctica, cuyo vientre estaba destajado, dejando a la vista sus asquerosos órganos internos. Su cabeza era algo ovalada. Sus inmensos ojos negros, desquiciantes. Se sacudía mientras vomitaba sus propias entrañas entre sangre azulada. Gemía extrañamente y se alcanzaba a discernir una palabra que, de escribirla aquí, sería acusado de genocidio.

El chico de campo abrió los ojos y, envuelto nuevamente en su pijama, pudo verse en su habitación del primer piso, reparando en la presencia de su bella madre, parada al pie de la cama golpeteando como siempre los pies de su hijo. No lo soportó y, con lágrimas en los ojos, se levantó, se calzó y salió corriendo escaleras abajo. Su madre no pudo detenerlo y gritó, desesperada. El mayor de los hijos de la familia abrió la puerta trasera, esa que nunca un loco tocó, abandonó velozmente la casona, la rodeo hacia el establo y comenzó a correr como loco entre los campos de trigo y el reservorio de silos. Atravesó una verja vetusta y tropezó unos metros más adelante. Con las mejillas húmedas, perdió la conciencia.

En la calle Pino, la oscuridad era ahora mucho más densa, y unos espesos nubarrones naranjas cubrían el cielo otoñal del barrio Sevilla, vecindario olvidado por Dios y por el Diablo, morada de las entidades fuera de control y sus títeres de trapo. Alonso buscó la tumba. La encontró; sin embargo, el montículo de tierra que el desdichado hombre había acumulado era ligeramente distinto. Ahora, delante de sus ojos, tenía una montaña de frutas anaranjadas, que despedían un aroma dulzón tan inmundo como una tonelada de basura. “Mandarinas”. Era un sueño, después de todo. Una sombra copiosa, sucia por dentro, pateaba las frutas para tapar el pozo y enterrar vivo a su pobre víctima. No se oían gritos. Navarro (más bien lo que quedaba de él) nunca rogó por su vida. Tal vez su intención era morir así. Los vecinos habían desaparecido: todo estaba casi desierto. El alma de uniforme azul empujaba las mandarinas sobre la tumba, y una vez que todas estuvieron al nivel del suelo, tomó cuidadosamente una lápida y la enterró con desprecio. No se oyeron gritos. Alonso estaba petrificado. Su aventura por la ciudad sin nombre no había concluido como esperaba; las postales se reducían a un cruel asesinato, a un incomprensible suicidio. El fuego de la desilusión lo había consumido todo. Pronto la sombra comenzó a reír desaforada y exageradamente. Su misión había sido consumada: los había separado. El cielo estaba verde.

El crujir de las maderas de la casa, construida por mandato del anciano doctor Hernández, lo despertó. Estaba en el cuarto principal, con su padre de pie y su madre sentada con un paño mojado en las manos. Preocupados, no le pidieron explicaciones, pero Alonso las dio de todas formas. Contó todo. No omitió detalle alguno. Corría la tarde del 3 de junio.

Por la noche, el insomnio volvió a atacar a Alonso. El golpeteó de las copas de los árboles contra su ventana se lo impedían. Tenía además, mucho en qué pensar, mucho que recordar. Pensaba en su vida, simple pero hermosa, junto a sus padres y sus hermanos. Pensaba en la joven de rostro bonito con quien compartía sus días de escuela. Pero no creía estar completo. No conocía la ciudad; solo en pesadillas la había visto. Desvelado, decidió ir a la cocina. Bajó las escalinatas con mucha cautela para no despertar a nadie. Una vez en la planta baja, ya en la cocina, abrió la heladera y tomó una deforme botella de leche. “La historia sin fin”. La bebió toda y luego enjuagó la botella y su boca con agua. Todas las ventanas estaban cerradas, y no podían oírse ni los alaridos de los cuervos. La puerta trasera permanecía inmóvil; ya no había necesidad de escapar. La visión de aquel ser verdoso destajado y el sonido terrible de la risa macabra de la sombra poco lo molestaron, sobre todo luego de esa noche ‘segunda’ noche. Subió a su cuarto, abrió la cama y enterró su rostro en la almohada, sonriendo como un niño. Pero él no era más un niño. Su pijama ya no lo acompañaba; había sido arrojado a la basura.

Finalmente se durmió.

Por la mañana, mientras desayunaba con su madre y sus dos hermanos pequeños, mantuvo un prudencial y enigmático silencio. Sin embargo, la sonrisa lo delataba, motivo por el cual su familia mantenía la calma. Durante la comida recordó el sueño de esa madrugada. El sol brillaba afuera, así como brillaba en ese extraño mediodía en el extraño barrio Sevilla, vecindario olvidado por todos. Alonso se escondía detrás del mismo poste pintado de verde y amarillo; su mirada se mantenía fija en la tumba cubierta de mandarinas y en la lápida con el nombre de aquel desdichado. Era un sueño, pero ahora sí podía leerla. Navarro descansaba allí por decisión propia. Pero el obtuso tiempo comenzaba a palidecer y el poder de los recuerdos del invierno que no fue, llegaban de a poco a su fin. El corazón dentro del alma deshecha volvería pronto a latir. La temperatura era muy alta y el astro diurno brillaba como pocas veces; el cielo era demasiado celeste, algo no estaba bien. La calle Pino era un desierto: todos habían desaparecido. Alonso esperaba que sucediese algo. Se preguntaba qué sería del pobre infeliz enterrado; se preguntaba qué sería del horrendo monstruo verde; se preguntaba qué sería de esa mujer de redondeado rostro. “Infamia”.

De pronto, una sombra, distinta a las demás, bailoteó a gran velocidad sobre el suelo de la calle maldita. El chico alzó la vista y lo comprendió todo. Ella estaba de vuelta, para terminar con el mundo sin deseos. No iba a dejarlo pudrirse allí, donde los sueños inocentes se convierten en pasos de comedia, y donde las sonrisas se convierten en delicadas traiciones. Completamente de negro, más hermosa que nunca, de cabello dorado y rostro aniñado, derritiendo el témpano de desesperanza y soledad, sobrevolaba aquel sitio pavoroso. Pequeña e irresistible como siempre, alzándose sobre la ciudad sin nombre, buscaba una nueva víctima. Alonso la observó y no pudo evitar contagiarse de esa tierna sonrisa llena de perversidad. Fue entonces que un curioso movimiento se dio en la tumba cubierta de mandarinas. “Salvación”. Las frutas comenzaron a agitarse terroríficamente. Aquel ser alado, precioso y celestial no temió ni un instante por la presencia del inconmensurable y copioso sol, descendiendo exactamente donde estaba el chico de campo. El pobre muchacho quedó hipnotizado por aquellos pequeños ojos que brillaban como mil estrellas.

Una mano surgió desde la alfombra anaranjada. Infames dedos, ladrones de alas, corrupción de antaño, lujuria de milenios. El ángel de la muerte le dio la espalda a Alonso y enfiló hacia la tumba de Navarro. Con delicadeza, como cada movimiento nacido de aquella hermosura, se inclinó y corrió algunas mandarinas del lugar. A continuación, tomó la mano del pobre infeliz que se asomaba y tironeó hasta sacarlo. Una vez afuera, arrodillados ambos, el ángel tomó el rostro del desdichado; lo miró fijo y sonrió. Navarro hizo lo mismo. Una mueca irrepetible en el medio del caos. Alonso era mudo testigo de ese épico pero habitual espectáculo. Ambos se levantaron; el hombre tomó la diminuta y suave mano izquierda de su bella y radiante víctima, acarició con su dedo índice el revés de ésta y la besó en el mismo lugar, mientras ella reía, mirando hacia otro lado. El calor insoportable. El aroma inolvidable. El sabor dulzón de las mandarinas que lo cubrieron durante tanto tiempo había desaparecido y ahora nada quedaba. Esa fue la última imagen que el chico de campo tuvo del vecindario que Dios y el Diablo olvidaron, el barrio que el ángel nunca olvidó, donde una tumba de frutas anaranjadas se mantiene abierta y vacía. Alonso nunca volvió a soñar con ese lugar de perdición y alienación inmunda. Lo despertó su madre, golpeteando sus pies, como siempre.

La postal que Alonso siempre recordó; aun cuando abandonó la casa de sus padres – aquella granja construida por el excéntrico doctor Hernández, quien falleció en ominosas circunstancias tras mantener, a sus 85 años, relaciones sexuales con un par de mujerzuelas – para casarse con el único amor de su vida; aun cuando se mudó a la ciudad para afrontar su primer empleo formal; aún cuando logró desterrar sus hábitos nocturnos de insomnio; fue la de ese ser de infinita y violenta perfección, el ángel que, sin vacilar ni un instante, no temió actuar bajo el copioso y ancho sol, salvando al detestable e imperfecto Navarro, quien descansaba desde esa inolvidable noche de otoño en una fosa que él mismo había cavado, a la que se había arrojado sin más, una tumba, un abismo de mandarinas, materialización mugrienta y mohosa del caos trepidante de la última desgracia.

Claro, todo aquello no era más que un desvarío onírico. Mientras Alonso soñaba y soñaba, Navarro aguardaba pacientemente, en su isla de paredes blancas, el mensaje que cambiaría su pálida existencia para siempre.

Written and Posted by Cesar de la Luz
Dedicated to Luciano ‘Lulo’ Barreda

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El imperio de la ilusión


El 50% de la gente no vota, y el 50% no lee diarios. Espero que no sea el mismo 50%.
[Gore Vidal]

No preguntes que puede hacer tu país por ti. Pregúntate que hay de comer.
[Orson Wells]

Frutas y verduras para todos – Offtopic

Hace poco más de dos años – exactamente el domingo 28 de junio de 2009 –, en una noche que distó muchísimo de otras noches, este humilde servidor del averno escribió una reseña, tan sencilla como la tabla de derivadas o de integrales, titulada ‘Gripe K’. En ella se relataban (con un rigor y un léxico terriblemente limitado - que todavía se conserva en estos lares, con orgullo y desesperación lo digo) las peripecias vividas por los argentinos en aquel último fin de semana del mes que muchos desearían olvidar para siempre; y se analizó la tenebrosa derrota oficialista en las elecciones ‘de medio término’ de esa jornada macabra. La reseña nunca vio la luz. Los motivos resisten a todo tiempo, y su carácter inenarrable y despigmentado hace de ellos algo detestable. Las rejas amarillas que separan al mundo de los vivos del épico inframundo de sal gruesa marca Dos Anclas cayeron, para dar lugar a la locura ininteligible de los que alguna vez fueron inocentes y principescos.

Fueron días felices, pero imposibles de manejar; eternos momentos, efímeros como la bondad humana, dulces como un paquete de papas fritas, dorados como el sol y, sobre todo, falsos como el 1 de Copas; un año repleto de sonrisas, y también de las más ominosas sombras. Los recuerdos de aquel invierno hermoso y perverso, incluso hoy, extienden la cruenta agonía del mundo consumido por las llamas y provocan un implacable terremoto en el alma dentro de las almas. Ni el ángel salvador del Mar de Baraja puede opacar la destrucción sin sentido. Era otra época. Era otra vida. Y, claro, era otra política. Las frivolidades de campaña, el descaro de la antigua dirigencia y sus candidaturas testimoniales, los rebotes de la crisis financiera internacional, y un poderosísimo impacto mediático proporcionado por un programa de televisión de lo más choto, torcieron el impío e implacable brazo del kirchnerismo batatero, derrumbaron su mito de invencibilidad y amenazaron la supuesta hegemonía construida desde el año 2003. Los héroes de antaño se convirtieron, entonces, en notables perdedores.

Aquel domingo gris, helado, espantoso y plagado de alcohol en gel fue, paradójicamente, la señal de alerta que le permitió al gobierno enderezar el rumbo, sostenerse allí, y alcanzar el éxito sin precedentes de las primarias de agosto y las presidenciales de hace poco más de una semana. Dichas elecciones (las de 2009), adelantadas cuatro meses debido al horror propiciado por las consecuencias aún latentes de la caída de la banca de inversión americana Lehman Brothers, fueron el pico de ‘popularidad’ de la oposición, entonces unida de las formas más insólitas y denigrantes, respondiendo solo a las burdas circunstancias. La noche del 28/6 sobrevoló un extraño rumor en el bunker kirchnerista; solo los más valientes ‘muchachos de Néstor’ se atrevieron a cantar para acallar el silencio de película que abarrotaba de desesperación los rostros K. La euforia correspondía a los vencedores, hoy personajes sombríos y andrajosos, en este universo paralelo creado por la política argentina. Parecía el límite del oficialismo. Parecía el comienzo de una soporífera debacle. Parecía el piso de un sector que pretendía alcanzar la gloria que el ‘flaco de Santa Cruz’ les había arrebatado. “Algo hay que hacer”, habrá dicho don Néstor.

Y así fue.

Dos años de infinitas medidas pseudo-populistas, de bombardeo propagandístico con ribetes descarados y escandalosos, de indecible corrupción, de agresiones y descalificaciones constantes, de vulgares batallas de egos, y de un amiguismo furibundo, fueron suficientes para revitalizar ese brazo que, una vez, pareció in-extremis débil. Y fueron suficientes gracias a la innegable bonanza económica (no tan ‘real’ como se dice), a la exaltación de la juventud como motor del crecimiento social y político (jóvenes de clase media que nunca militaron, pero sienten profunda identificación con la verdulería K y su relato fuera de serie, carente de realismo, lleno de fantasías pelotudas para pelotudos), y a la descentralización de la información, es decir, el debilitamiento sin parangón de los ‘guerreros multimediáticos (que pronto abrazaran a los actuales triunfadores, como si de hermanos se tratase). Claros y oscuros de una gestión que ocupará un lugar preponderante en los libros de historia de la próxima generación (lamentablemente). Sin embargo, hay que tener en cuenta un aspecto vital: la grosera victoria de Cristina Fernández de Kirchner, ergo la humillante derrota de la totalidad del circo opositor, no fue obra de un objeto transcósmico proveniente de alguna galaxia distante, inconmensurable  y negruzca que, burlando a la atmósfera terrestre, logró posar su masa en suelo argentino; tampoco fue obvia respuesta a una magistral estrategia de los comandos oficiales que no pueden evitar arrastrarse con tal de obtener un mínimo de aprobación; y, mucho menos, fue un regalo proveniente de los cielos donde habita el santo de la nueva era, salvador de la humanidad, héroe de millones, don Néstor Carlos Kirchner. Lo acontecido fue obra y gracia de una población hipócrita, que cree que está viviendo en un mundo casi perfecto, donde la igualdad, la inclusión, la solidaridad y el trabajo son sinónimos de ‘Argentina’; personas que, como les gusta ese mundo casi perfecto, deciden que todo se quede como está. ‘Mejor malo conocido, que malo (y viejo) por conocer’. 'En cuatro años vemos a quién votamos... ahora vamos a lo seguro'. A mí también me gustaría creer en lo que ellos creen, o por lo menos tomar o fumar lo que ellos beben y fuman.

Se me puede criticar el análisis frívolo y simplista que hago para ningunear once millones y medio de votos? Si. Me importa? No. Por qué? Simplemente porque también fui testigo del furibundo y sepulcral desconcierto que dominaba la galaxia oficialista ese triste domingo de invierno, preludio del caos trepidante de la última desgracia. Un desconcierto que está muy muy lejos de la actual algarabía de los fieles seguidores de San Néstor. Tal vez no sea suficiente justificativo. Veamos...

Todos podemos tener distintas concepciones de la realidad (del país) en que vivimos (reptamos). La gran mayoría de la población se ha olvidado de la ‘primavera menemista’, de la década del ’90, de la convertibilidad, y todos los genes del mal que una vez criticaron con pasión desenfrenada. Hace quince años, todos creían (no me incluyo pues no tenía idea de nada – más o menos como ahora) estar viviendo en un paraíso sin barreras de tiempo ni espacio. Se conformaban con el ‘uno a uno’ y aplaudían sin cesar (^_-) al dios de antaño, Carlos Saúl Menem. No niego que haya dado la sensación que estábamos, finalmente, en un país globalizado y pujante. Pero no era la verdad de la milanga. Era una vaga ilusión. Durante el mandato del sucesor del Turco (Fernando de la Rúa) se pagaron las consecuencias del desmadre sin precedentes cometido por los políticos a cargo (delincuentes, lisa y llanamente) y por las personas que los pusieron al frente de la nave llamada ‘Argentina’: el electorado. El castillo de frutas y verduras, el imperio de ilusiones creado por entidades fuera de control, se vino abajo en un santiamén, dejando por el piso a los responsables antes citados, pero también a los que nada tenían que ver. Las llamas consumieron gran parte de la Nación. Y fue el momento propicio para que los falsos ídolos, los salvadores de cartón, hiciesen su triunfal entrada, frotándose las manos ante el inmenso botín de las Pampas, aguardando pacientemente que regresaran los boludos que se comieron la galleta de la prosperidad de los noventa. Por lo tanto, más del 54% de los adultos habilitados para votar, tiene más de una concepción de la realidad: una que le conviene, donde critica la era menemista (que ‘no debe repetirse’… ‘nunca más’) y se preocupa por el bienestar de todos, y otra que no le conviene, donde alaba las interminables y más disparatadas falacias, anteponiendo (como los políticos han enseñado) sus propios intereses antes que los de la totalidad. Es, en efecto, muy triste, pues están denostando sus propios ideales, subyugándolos a la voluntad de la sucia política que tanto criticaron (hace no mucho tiempo), y que, gracias al aporte ciudadano y al de los sectores de poder, es hoy vista como ‘el todo’.

Como dije, habrá quienes consideren vagas y resentidas las opiniones de este humilde redactor, declarado opositor de la actual conducción del país. Sobre todo por la derrota escandalosa en la que incurrió el bando que me representa (entre comillas). Incluso me gritarán a viva voz ‘la tenés adentro’. Pero, como hace dos años, pertenecer (entre comillas) al equipo perdedor no significa estar equivocado del todo, ni regalar el derecho a exponer el descabellado pensamiento humano. La desidia y las mezquindades del circo compuesto por Duhalde, Macri, The Narváez, los hermanos Rodríguez Saá, Carrió, Justin Binner, Alfonso Jr., han contribuido a crear una imagen bondadosa y benefactora de Kristina y del fallecido Néstor, lo cual dista de la cruel realidad. Sin proponer absolutamente nada, sin debatir con fundamentos, inmersos en la campaña más espantosa de la que se tenga memoria (incluso peor que la de 2003), y pronosticando el fin de todo una y otra y otra vez (matate Camping) con infinita malignidad, quisieron destronar al peronismo menos peronista de la historia; sin embargo, la mayoría de la Nación los puso en su lugar y votó por el ‘proyecto nacional y popular’ de Kristina y San Néstor. Tal vez, sea el mal menor.

Aunque el futuro sea difuso, la realidad es muy clara. La política, como dicta la historia del país, se superpone a todo y digita, sin vacilar, el rumbo que deben proseguir el resto de los sectores. La economía, aislada momentáneamente de la tempestad que promete con desolar el viejo continente, deberá afrontar problemas que responden a la mismísima concepción del ‘modelo’. Ya no basta con vender toneladas y toneladas de granos a las superpobladas naciones emergentes como India y China, para recaudar y recaudar. Es hora de reactivar genuinamente la industria y el consumo. Hasta ahora, el dinero de los impuestos que todos pagamos (o decimos que pagamos :P) permitió subsidiar, desde las tarifas de transporte y energía, hasta el fútbol, surcando los cielos de las asignaciones familiares (que en ocasiones rozan lo limosnero). Es así que las clases consumidoras por excelencia disponen de jugosos billetes para gastarlos en lo que le plazca, preferentemente para vencer a la inflación devoradora de almas y no por impulsos reales de consumo. Claro, entre los bienes que uno puede adquirir (con la expansión casi sin límites del crédito)  NO están los inmuebles. Es decir, uno puede tener cuatro o cinco LCD, dos o tres autos, una puta moto, pero no tiene donde enchufarlos o estacionarlos ya que es prácticamente imposible alquilar una casa, un departamento o una cochera, y mucho menos comprar. Pero algo es algo no? Votemos a Kristina entonces! Tienen tanto derecho a hacerlo, como tengo derecho yo a criticar ese accionar tan simplón. Gracias a los regalitos (sobre todo para sindicalistas, que se llenan los bolsillos mientras los trabajadores tienen obras sociales y sindicatos que no les dan pelota) se mantienen a raya las ‘revueltas’ que desquiciaron a otros, y los sectores bajos, los medios y los altos mantienen un delicado silencio que solo se rompe en la intimidad. Nadie resiste a la tentación de votar a Kristina, aunque la odien y lo expongan a otros con fervor peronista… Las tasas de desempleo, indigencia, pobreza e inseguridad han caído. Sin embargo, se puede creer en las cifras que da el INDEC? No lo se. Aparentemente el 52% de la población le cree o no le importa lo que diga el comandante Moreno (que, paradójicamente, dejó sin empleo a los auténticos trabajadores del Instituto). El pueblo ha recuperado la dignidad. O eso parece. Mientras los griegos, los españoles, algunos neoyorquinos y demás ciudadanos del occidente que una vez fue todopoderoso recrudecen las protestas contra sus gobiernos (preocupados por los bancos y no por su gente), los argentinos festejan, y ven con inefable esperanza el futuro de sus hijos y nietos. Los salarios alcanzan cifras épicas. El consumo no se detiene ni siquiera por el terror que esparcen los agoreros del infierno encabezados por Magnetto (un pobre diablo). La corrupción de los Schoklender y los Jaime prácticamente no existe. La indiscreta discrecionalidad de De Vido, a nadie le importa una mierda. Sobre todo al invisible y patético Poder Judicial, que golpea en la espalda a los amigos y les sirve un brandi, y persigue a los enemigos. Y la juventud se agolpa en las plazas para homenajear a los pañuelos blancos (sucios con sangre, aunque digan lo contrario) y también para adorar a San Néstor, protector de los que menos tienen. El sarcasmo también te lo metés en el orto. Bien en el orto.

Hace poco más dos años, en ‘Gripe K’, escribí “hay que dejar de hacerse los boludos, mirar hacia adelante y edificar de una maldita vez, un país decente […] no más quilombos... no más obsesión por el poder absoluto”. Con la inocencia de un pequeño de jardín o de preescolar, esperaba un cambio en la política (en la forma de hacer política), y también en la sociedad. Eran esos, sentimientos motorizados por la última desgracia que habitaba, en aquellos días helados, todos los rincones de mi alma y mi corazón. Encandilado por el brillo del sol, creía que la ‘fiesta para unos pocos’ se había terminado. Era un pelotudo entonces. Creía estar viviendo una fantasía hermosa… Como los argentinos que ovacionaron sin parar a Menem desde Miami… Como los argentinos que hoy vitorean a Kristina y endiosan a don Néstor hasta quedarse mudos (y también sordos), sin darse cuenta que viven en un mundo hecho de papel higiénico, dominado por la maldad, la desigualdad y el odio hacia los que piensan distinto… mejor dicho, hacia los que piensan... Pues, hoy, la conducción del país, no ve con buenos ojos a los que piensan, analizan y critican su accionar. Espero que dentro de diez años nadie se lamente por haber metido la boleta azul en la urna de cartón, silueta determinante del futuro de los argentinos que viven con una venda en los ojos.

 VAAAAAAAAAAAAMOOOO’ MEEEEEEENEEEEEM!!!

Written and Posted by Cesar de la Luz
Dedicated to the loving memory of Muammar Gaddafi